Ladrillos invisibles.

ladrillo

Este 2020 va a quedar grabado en nuestras vidas de manera muy especial. Ha sido un año de profundos y, en algunos casos, drásticos cambios en nuestras vidas. Un diminuto virus nos obligó a reformular todo lo que veníamos haciendo de manera tan habitual, o al menos a reflexionar sobre asuntos que hasta ahora nunca lo habíamos considerado como importantes. A veces la vida pasa tan rápido, tan fugaz que no alcanzamos a pensar en asuntos que son esenciales para la vida humana. Dentro de toda la tragedia y calamidad que nos ha sobrevenido producto del COVID-19, también nos ha permitido sentarnos y repensar lo que hacemos, incluso en las desgracias que a algunos les ha tocado experimentar, como ver partir a un familiar sin siquiera decir un adiós. ¿Cómo logras despedirte de alguien amado sin decirle al menos un adiós? Es por eso que valorar las relaciones personales y realmente darnos cuenta de cuán importante es un abrazo apretado, un apretón de manos, un beso amoroso, es algo que tenemos que aprender. Popularmente se dice que cuando se pierde algo es cuando realmente se valora. Tal vez la sabiduría popular tenga razón. Hemos tenido que replantearnos en esto también y, esperamos, nunca olvidemos esta lección.

A veces pareciera que los pilares sobre los cuales se afirma nuestra sociedad se fueran cayendo uno a uno. Lo que ayer nos parecía inconmovible, hoy ya no lo es. Hemos sido testigos de lo frágil que somos como seres humanos, ¡de cuán vulnerables y débiles somos! Nos hemos vistos obligados a modificar nuestras conductas, formas, tradiciones, cotidianeidad como jamás lo habríamos imaginado. Estamos siendo testigos de cómo esta generación está enfrentando esta pandemia global y de cómo y en qué condiciones saldrá de la misma. Y es a esta generación que nos ha tocado enseñar. Sin duda, uno de los mayores desafíos para los maestros del siglo XXI.

¿Qué enseñarle a una generación que tiene todo a disposición para adquirir conocimientos? Y, además, con esta pandemia y las medidas adoptadas para tratar de impedir los contagios, nos ha sacado de las aulas, que eran nuestra zona de confort, y nos ha trasladado a un campo o escenario que, tal vez una gran mayoría de los docentes, no domine de forma cabal. Esto nos coloca en cierta desventaja frente a las personas que debemos enseñar.

Pero hicimos todo lo posible para cumplir con nuestra vocación y misión de enseñar. Nos tuvimos que reinventar, aprender preguntándole, a quienes enseñamos, algunas cosas de tecnología y tratar de entregar nuestros conocimientos sobre el área que dominamos. Pero de pronto alguien nos interpelaba llorando, angustiado o con simple desgano y apatía frente a nuestra casi perfecta cátedra la cual habíamos preparado con tanto entusiasmo. Y, es entonces, donde cabe preguntarse ¿qué necesita aprender esta generación? Sin duda, conocimientos de cada área, pero también necesitan saber algo más.

Debemos enseñarles también habilidades para desenvolverse en un mundo altamente cambiante y desafiante. Enseñarles, por ejemplo, que a veces, para alcanzar un objetivo, el camino se torna largo y sinuoso, pero podemos llegar a nuestra meta si practicamos la paciencia y somos perseverantes. No todo es instantáneo. Enseñarles que nunca estarán solos, pues siempre tendrán a su lado a un amigo para tomarlo del brazo y caminar a su lado, aunque sea  a paso lento, pero que los acompañará hasta el final de la carrera. Mostrándoles que pese a toda la adversidad, cambios e incluso tristezas y fracasos experimentados este 2020, Dios no ha dejado de ser fiel, de consolarnos, fortalecernos y de levantar nuestra cabeza para que contemplemos todo lo que él ha preparado para nosotros.

La vida ya no será lo misma que conocimos. El colegio ya no será lo mismo. Ahora entendemos que el colegio no lo conforma un conjunto de ladrillos y estructuras metálicas, es mucho más que eso. La gente ha visto el colegio cerrado, es verdad, pero en realidad  siempre ha estado abierto, porque Colegio somos nosotros, las personas que cohabitamos y compartimos una misma visión. Colegio somos nosotros. Lo construimos día a día, y este año 2020 hemos puesto algunos otros “ladrillos invisibles” en esta gran edificación que comenzó en 1922. Con nuestros errores y aciertos, profesores y estudiantes, y toda la comunidad educativa, ahí estamos edificando, año a año, nuestro querido Colegio Bautista.